Crítica: "El país de las últimas cosas", sobreviviendo

por © Escribiendocine- NOTICINE.com
"El país de las últimas cosas"
"El país de las últimas cosas"
Por Rolando Gallego    

Aquello que ya parecía una tarea imposible, tras años de lucha y esfuerzo, finalmente se cristalizó en la nueva producción de Alejandro Chomski ("Dormir al sol", "Maldito seas Waterfall") "El país de las últimas cosas" (2020), que lleva al cine la novela homónima de Paul Auster, quien además, oficia como uno de los productores.

En un no lugar, en un no tiempo, en una distopía bien realista, Anna Blume (Jazmín Diz), debe continuar con la búsqueda de su desaparecido hermano a la vez que intentará sobrevivir en una ciudad arrasada por vaya a saber qué tragedia, dato que no hace a la historia. Allí, en ese universo, la vida humana vale lo mismo que un par de zapatos, y en medio de su estoica lucha por conocer el paradero de su familiar, se topará con una serie de personajes que la obligarán a ir cambiando de planes de acuerdo a aquello que se le plantee. Anna sabe cómo refugiarse y protegerse, sabe también de lo necesario que es el amor, aún más necesario que alimentos y techo.

Alejandro Chomski logra transformar el relato de Paul Auster dotándolo de una impronta diferente, la que, desde las potentes imágenes de la ciudad, o el blanco y negro de una cuidada fotografía, resaltan la urgencia de una historia que habla de aquello que sólo debe prevalecer en la vida: el cuidado del prójimo y la comunidad como lugar de contención.

Pero claro está que en un contexto pandémico como el que se está viviendo, todo cobra otro sentido, y si bien no hay un apocalipsis zombi, en los recolectores que atraviesan los espacios dotados de carritos de supermercado para depositar en ellos mercancías que supuestamente servirán de motor para otros, hay una pincelada dolorosa sobre una sociedad que se ha multiplicado en la vacuidad de consumos innecesarios y que, exprime cuerpos para conseguir la materia prima que hace funcionar los negocios de los poderosos, toda una metáfora del capitalismo, o quema libros para guarecerse y mantenerse cálido en los corroídos espacios que se mantienen en pie.

La narración en off, las reminiscencias al expresionismo y el gótico, por nombrar sólo algunas referencias que aparecen y se multiplican en la pantalla, como así también las locaciones, rodadas en estudio, a la vieja usanza, posibilitan que las capas narrativas de la historia emerjan de una manera única en cada escena, resignificando las anteriores y generando la intriga para el devenir narrativo.

Dividida en dos tramos, uno en donde la supervivencia es determinante de acciones, y otra en donde aquel anhelo de tener descendencia, como único resquicio de impulso vital y recuerdo de otra vidas, permite que Anna (gracias a una solvente y profesional interpretación de Jazmín Diz) se aferre a la vida junto a una serie de personajes fantásticos que la secundan, comprometiendo al discurso y haciendo de esta propuesta, una película de ciencia ficción sin efectos especiales, el fin de un ansiado trayecto de años y de obstáculos, y que siempre ha tenido al cine como protagonista.

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