Colaboración: Telenovelas, mon amour

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Dramas y pasiones en las telenovelas
Por Sergio Berrocal    

Me emborracho como un cosaco del Don en el Maxim’s de París con telenovelas de dulce regusto latinoamericano y me embriago como un Guy de Maupassant con el absinthe -porque no se toma en serio ajenjo más que el diccionario de la RAE-. Ese dulce, acaramelado veneno embotellado que destilan sus guionistas y que me permiten huir de una Europa que está en la trinchera de dos mundos, el que está naciendo allá en Washington DC con sucursales en Nueva York y el que se nos avecina en un viejo continente al borde del infarto, cada vez más perversamente muerto.

Mientras un ojo se me escapa hacia Washington DC y el otro ve de reojo cómo se acerca a Francia la marea del extremista y derechista Front National, quizá arrastrado por el tsunami Donald Trump, prefiero mirar hacia las telenovelas, que me evitan meterme en el fangal pútrido de las informaciones que, desde que la demócrata Hillary Clinton tuvo que irse a casa, nos ha hecho imposible la vida.

Pero entonces llegaron los mexicanos, los cubanos o los venezolanos, que cada cual puso su ladrillito para construir el edificio de fantasía, inverosimilitud y tontería perversa en una sociedad que pide a gritos un poquito de sueño, por favor, please, s’il vous plait.

Y el resultado son las telenovelas, que ya en el siglo XIX escribían ese chorreón de escritores que fueron Balzac, Dumas, Guy de Maupassant. Escribían historia de todos los días, ay Victor Hugo, uno y otro, todos a una, como los mosqueteros. Y aunque los analfabetos del siglo XXI lo ignoran, porque creen que el erotismo y la pornografía lo han inventado en esta época maldita, en el XIX las novelas estaban llenos de todas las guarrerías deliciosas que ahora nos parecen novedosas.

Pero era erotismo, pornografía a ratos, con estilo, con el pudor de los miriñaques y la audacia de la ausencia de píldora del día después, anticonceptivos y todas esas argucias que facilitan la vida pero destrozan la divina sorpresa.

Ni Maupassant ni Emile Zola tenían todavía cámaras para poner en orden de imágenes sus historias, de amor, odio, pasión y venganza.

Ya el siglo XX hubo algunas ratillas de biblioteca que leyeron a todos esos clásicos y cayeron en que aquello no eran novelas sino auténticas telenovelas, para meterle por los ojos, el único lugar virgen de los analfabetos, todas esas historias maravillosas, que podrían verse, podrían escucharse e incluso entenderse sin leerse las casi 1800 páginas que abarcan los cuentos de Guy de Maupassant.

Y nació la telenovela cuando nosotros, los habitantes de un siglo al que no pedimos venir, porque ya intuíamos que iba a ser catastrófico, nos agarrábamos al cordón umbilical para no salir de nuestra agradable bolsa amniótica donde lo pasábamos de rechupete en el vientre de aquella mujer.

Pero el primer embrión que quiso dejar aquellas aguas placenteras, algo como las Maldivas sin tifón, fue el que oyó por primera vez –la futura mamá estaba despatarrada en el salón—los gritos y silencios de una telenovela que a toda pastilla corría por la pantalla del televisor casero.

A partir de entonces, todos quisimos salir rápidamente del vientre de nuestras mamás para no perdernos un solo episodio. No, claro que no sé cuál era aquella telenovela. Y qué más da. Era una telenovela, me contaba una historia de pasiones con mujeres deliciosas, tipos machistas y sin piedad, en muebles de Roche Bobois y ellas con modelitos de Christian Lacroix.

El paraíso de la riqueza, de los multimillonarios, de la buena vida, de la puta vida que en las cocinas sufren las pacientes criadas que siempre son requetebuenas para la señorita perdida de la casa, que siempre hay una señorita perdida porque las muy sosas no saben que una pastilla cada veinticuatro horas asegura la inmunidad ante el esperma creador.

Así, desde las catacumbas, llegamos a 2017 con los televisores repletos, desbordantes de historias a veces abracadabrantes, a veces tontorronas pero siempre deslumbrantes de bellezas con muslos garantizados cien por cien halal y tipejos de bigotes imperiales y mala leche para despellejar a un jabalí en el desierto de los tártaros, con Michael Caine corriendo detrás de un ciervo sediento y Carmina López de Aro loca por sus huesos. Por los del ciervo.

Aunque sepas leer y escribir, la telenovela es un medicamento casero que se debe de tomar por lo menos dos veces por día. Los hay con envase mexicano, venezolano, cubano y Dios sabe cuántos padres más.

Sabes que van a contarte una historia, cualquier imbecilidad, cuanto más imbécil más duradero será el efecto, las endorfinas están garantizadas y el subsiguiente embelesamiento también.

Porque en la telenovela, salvo rarísimas excepciones y entonces mejor tomarse dos güisquis con algo de Perrier, tienen por misión llenar nuestras vidas de seducción, lujos, sexo y llantos por cualquier cosa. Volvemos a la Cenicienta, a Lo que el viento se llevó, a Blancanieves, todo envuelto en preservativos eróticos que en algunas han ido hasta lo más erótico de la cama y del acto sexual como si estuviese usted en un cine porno de la Gare du Nord en París, que ya no existe creo.

Durante el tiempo que dura el capítulo, pero no se preocupe siempre hay uno más, y otro y otro, te olvidas de que el seguro del coche te ha subido, de que el recibo de la luz es un escándalo y de que tu mujer no te hace ni puñetero caso. Claro, porque la pobre, a fuerza de ingerir telenovela, te pide que le compres aquel modelito de Lacroix que ha visto en la tele o que la lleves a Playa Bonita, que necesita una chequera de todos los carajos para llegar a ese lugar tan lejano y paradisíaco.

Las telenovelas son el timo de la estampita, ese que vendes muy caro a alguien que cree comprar un billete premiado de la lotería o cosas por el estilo. Pero qué ricas están todas estas historias que no te dejan vivir. Porque ellas, por muy Chanel que lleven encima, también lloran y a veces berrean.

Lo realmente perverso de este género, la telenovela, es lo que dice el periodista cubano Enrique Ubieta Gómez refiriéndose, por supuesto, a cosas más serias. Pero lo escribe así: “Los que habitan las favelas de Río no se ofenden si las telenovelas brasileñas no reflejan sus vidas y presentan a sus coterráneos en lujosas mansiones; ellos sueñan con vivirlas. El capitalismo se las arregla para que los explotados sueñen con ser explotadores”.

Y otro tanto decimos del resto de América la pobre, de Europa, Asia y Oceanía.

Deme una telenovela, por favor, y que sea doble. Mañana le pago.

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