Crítica Prime Video: "El infiltrado 2 / The Night Manager 2", un tibio regreso que pasa por Colombia
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Por Santiago Echeverría
El regreso de "El infiltrado / The Night Manager" después de una década no pasa desapercibido, pero sí llega con la sombra alargada de su propio legado. La segunda temporada, que traslada la acción a Colombia y cuenta con actores latinos como Diego Calva, Alberto Ammann, Unax Ugalde, Cristina Umaña, Erik Rodríguez..., se debate constantemente entre la necesidad de honrar lo que la hizo singular y la presión por renovarse en un panorama televisivo que ha cambiado radicalmente. Lo que antes era un territorio prácticamente virgen para las series de espías de alto presupuesto, hoy está saturado de imitaciones, y esta secuela lucha por encontrar su propia razón de ser más allá de la mera extensión de una marca.
La premisa intenta justificar la vuelta de Jonathan Pine, nuevamente encarnado por un Tom Hiddleston que interpreta a un personaje marcado por el trauma. Ya no es el night manager que seducía por su elegancia en hoteles de lujo, sino un burócrata al frente de una unidad de vigilancia remota, los "Night Owls", que observan pantallas desde un anodino edificio londinense. Este giro, aunque interesante para mostrar las secuelas psicológicas del espionaje, diluye rápidamente su potencial. La serie parece ansiosa por abandonar esta idea y devolver a Pine al campo de juego, esta vez para infiltrarse en el círculo de Teddy Dos Santos, un magnate colombiano y traficante de armas interpretado por Diego Calva.
Aquí reside uno de los principales puntos débiles de la temporada: la nueva amenaza. Teddy Dos Santos, a pesar del carisma natural de Calva, carece de la profundidad y la vileza articulada que Hugh Laurie imprimió a Richard Roper. Roper no era solo un villano; era la personificación corrosiva de un imperialismo decadente y cínico. Dos Santos, en cambio, se siente como una versión más genérica del criminal internacional, un sustituto que no logra generar la misma fascinación malsana ni plantear un conflicto moral tan nítido. La serie intenta suplir esta falta con frecuentes flashbacks a Roper, una estrategia que acaba subrayando la ausencia del personaje original en lugar de mitigarla.
Donde la temporada sí encuentra un pulso genuino y renovado es en la dinámica entre Pine, Dos Santos y Roxana Bolaños, la desafiante intermediaria interpretada por la actriz de origen argentino Camila Morrone. Esta tríada logra trascender el cliché de la trama de espías para convertirse en un juego de seducción, desconfianza y vulnerabilidad mutua. La química entre Hiddleston y Calva es palpable, cargada de miradas calculadoras y una tensión que va más allá de lo profesional. Morrone aporta una capa de ferocidad y ambigüedad necesaria, haciendo de Roxana un personaje cuyas lealtades son imposibles de descifrar, lo que añade un suspense más psicológico y personal que político.
Esta exploración de la atracción y el engaño es, quizás, la mayor aportación de esta secuela. Mientras muchas series contemporáneas del género priorizan el ritmo trepidante y los giros conspiranoicos, "The Night Manager" se toma su tiempo para sumergirse en la erosión emocional de sus personajes y en la intrínseca eroticidad del doble juego. La dirección de Georgi Banks-Davies y William Oldroyd enfatiza este aspecto, creando escenas donde el peligro y el deseo se entrelazan de manera convincente.
Sin embargo, la estructura narrativa padece de un arranque excesivamente lento. La serie tarda casi tres episodios en encontrar su ritmo y conectar de manera significativa con los eventos de la primera temporada. Este desarrollo pausado puede probar la paciencia del espectador, especialmente cuando los nuevos personajes de apoyo en el MI6, a pesar de ser interpretados por talentos como Indira Varma o Paul Chahidi, no logran despegar más allá de ser meros accesorios en la misión obsesiva de Pine.
La segunda temporada de "The Night Manager" funciona como un objeto de lujo ligeramente deslustrado. Conserva la estética impecable, los escenarios exóticos y la premisa de alto riesgo, pero le cuesta replicar el brillo cortante y la singularidad de su antecesora. Es una secuela competente, con momentos de verdadera tensión y una exploración psicológica interesante, que sin embargo no consigue justificar del todo su propia existencia. Demuestra que, a veces, el misterio de un final perfecto es más poderoso que cualquier continuación.
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El regreso de "El infiltrado / The Night Manager" después de una década no pasa desapercibido, pero sí llega con la sombra alargada de su propio legado. La segunda temporada, que traslada la acción a Colombia y cuenta con actores latinos como Diego Calva, Alberto Ammann, Unax Ugalde, Cristina Umaña, Erik Rodríguez..., se debate constantemente entre la necesidad de honrar lo que la hizo singular y la presión por renovarse en un panorama televisivo que ha cambiado radicalmente. Lo que antes era un territorio prácticamente virgen para las series de espías de alto presupuesto, hoy está saturado de imitaciones, y esta secuela lucha por encontrar su propia razón de ser más allá de la mera extensión de una marca.
La premisa intenta justificar la vuelta de Jonathan Pine, nuevamente encarnado por un Tom Hiddleston que interpreta a un personaje marcado por el trauma. Ya no es el night manager que seducía por su elegancia en hoteles de lujo, sino un burócrata al frente de una unidad de vigilancia remota, los "Night Owls", que observan pantallas desde un anodino edificio londinense. Este giro, aunque interesante para mostrar las secuelas psicológicas del espionaje, diluye rápidamente su potencial. La serie parece ansiosa por abandonar esta idea y devolver a Pine al campo de juego, esta vez para infiltrarse en el círculo de Teddy Dos Santos, un magnate colombiano y traficante de armas interpretado por Diego Calva.
Aquí reside uno de los principales puntos débiles de la temporada: la nueva amenaza. Teddy Dos Santos, a pesar del carisma natural de Calva, carece de la profundidad y la vileza articulada que Hugh Laurie imprimió a Richard Roper. Roper no era solo un villano; era la personificación corrosiva de un imperialismo decadente y cínico. Dos Santos, en cambio, se siente como una versión más genérica del criminal internacional, un sustituto que no logra generar la misma fascinación malsana ni plantear un conflicto moral tan nítido. La serie intenta suplir esta falta con frecuentes flashbacks a Roper, una estrategia que acaba subrayando la ausencia del personaje original en lugar de mitigarla.
Donde la temporada sí encuentra un pulso genuino y renovado es en la dinámica entre Pine, Dos Santos y Roxana Bolaños, la desafiante intermediaria interpretada por la actriz de origen argentino Camila Morrone. Esta tríada logra trascender el cliché de la trama de espías para convertirse en un juego de seducción, desconfianza y vulnerabilidad mutua. La química entre Hiddleston y Calva es palpable, cargada de miradas calculadoras y una tensión que va más allá de lo profesional. Morrone aporta una capa de ferocidad y ambigüedad necesaria, haciendo de Roxana un personaje cuyas lealtades son imposibles de descifrar, lo que añade un suspense más psicológico y personal que político.
Esta exploración de la atracción y el engaño es, quizás, la mayor aportación de esta secuela. Mientras muchas series contemporáneas del género priorizan el ritmo trepidante y los giros conspiranoicos, "The Night Manager" se toma su tiempo para sumergirse en la erosión emocional de sus personajes y en la intrínseca eroticidad del doble juego. La dirección de Georgi Banks-Davies y William Oldroyd enfatiza este aspecto, creando escenas donde el peligro y el deseo se entrelazan de manera convincente.
Sin embargo, la estructura narrativa padece de un arranque excesivamente lento. La serie tarda casi tres episodios en encontrar su ritmo y conectar de manera significativa con los eventos de la primera temporada. Este desarrollo pausado puede probar la paciencia del espectador, especialmente cuando los nuevos personajes de apoyo en el MI6, a pesar de ser interpretados por talentos como Indira Varma o Paul Chahidi, no logran despegar más allá de ser meros accesorios en la misión obsesiva de Pine.
La segunda temporada de "The Night Manager" funciona como un objeto de lujo ligeramente deslustrado. Conserva la estética impecable, los escenarios exóticos y la premisa de alto riesgo, pero le cuesta replicar el brillo cortante y la singularidad de su antecesora. Es una secuela competente, con momentos de verdadera tensión y una exploración psicológica interesante, que sin embargo no consigue justificar del todo su propia existencia. Demuestra que, a veces, el misterio de un final perfecto es más poderoso que cualquier continuación.
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