Colaboración: Anochecer en Montevideo

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Montevideo

Por Sergio Berrocal      

Volar desde Brasilia, la capital de un futuro que no ha existido nunca pese a que Oscar Niemeyer pretendiese haberla construido en una sabana donde no había más que culebras hambrientas, hasta Montevideo, la villa que el poeta Mario Benedetti reinventó, me pareció como remontar en un tiempo que nunca existió.

Volé hasta esa ciudad por un motivo nada romántico y menos literario. Se trataba de que a cambio de unas botellas de champaña francés contase a una serie de gente como en breves días volvería a París.

Por lo menos, me decía durante el caótico vuelo, no me condenarán como a Ulises a vagar durante veinte años por mares interminables donde los caprichosos dioses del Olimpo le zarandeaban en sus convicciones e incluso en su amor por Penélope, la incansable esposa que esperaba su llegada a Ítaca para espantar a tanto mal nacido que quería reemplazarlo en el lecho conyugal.

Estaba anocheciendo cuando sonreímos para el fotógrafo en la ceremonia de las copas de champán. Era noche –nunca había visto una noche tan cerrada—cuando una amiga de París que andaba por su tierra quiso acompañarme. Nunca sabrá la amargura que me evitó en aquella ceremonia de iniciación.

Ulises fue condenado por los dioses a luchar contra los elementos durante veinte años porque, el muy torpe, había olvidado agradecerles la fortuna con que había salido de Troya.

No era mi caso. Demasiado “poli” era uno. Pero eso no importaba.

Atravesando calles solitarias aterrizamos en un café que parecía un decorado de cine, con su camarero sonriente como una caricatura con chaquetilla negra y servilleta blanca que parecía esperarnos. Nos sentamos. Inmediatamente pensé en un cuadro del belga Magritte, dos amantes que se besan con las cabezas envueltas en un velo claro. No sé el porqué de aquella imagen pero estuvo presente. Quizá, me dije, aquello era el colofón de la ceremonia de las copas de champán. Y el camarero seguía allí con su chaquetilla negra y su servilleta que ya tenía una mancha de café con leche.

Mientras la amiga trataba de consolarme le pregunté por Mario Benedetti y yo me pregunté si su fantasma vagaría por aquella extraña capital de un país que en otros tiempos llamaban la Suiza de América.

Ahora que conozco sus libros más a fondo me hubiese encantado verle salir de su oficina de piezas de recambio para automóviles para ir a esperar a Avellaneda a la que en su libro La tregua presenta como una jovencita, muchos años menor que él, de la que se enamora y con la que pudo haber vivido un cuento de hadas que se transformó en horror. Porque Benedetti, que tanto sabía de la vida, no ignoraba que nunca se vive plenamente porque la muerte siempre anda rondando en busca de una presa.

Eso lo había aprendido yo solito hacía años suficientes como para no haber olvidado en otra ciudad costera llamada Cannes, ese pedazo de asfalto cuajado de los más elegantes hoteles del mundo en la Costa Azul francesa y que solo vive un par de semanas en el mes de mayo, cuando se enciende la pantalla del Festival de Cine. El resto del año…

Cine como aquel que veíamos en unos de los lugares más bellos del Caribe, Cartagena de Indias, donde ni las películas saben igual. De por si el lugar es un escenario que ha figurado en más de una superproducción y donde todo está en technicolor de la Metro, o casi todo, porque, como en las películas,  no se ve más que lo que autoriza el guión del visitante.

Allí tiene su sede el festival de cine más viejo de América Latina. Pero podrían no proyectarse películas que daría igual. Hay ciudades festivaleras, o que pretenden serlo, en las que uno está deseando que empiecen las proyecciones para abandonar la aburrida realidad del lugar y zambullirse en la realidad cinematográfica que siempre tiene mucho de irreal.

Aquella noche en Montevideo no había más cine que la realidad que pasaba a 24 imágenes por segundo, pero parecían más.

Luego, ahora, muchos años después, releo a Benedetti y ya no soy capaz de decir si es que escribía triste o es que la tristeza le perseguía por esas calles de Montevideo. O es que en aquella visita mía la ciudad se había vestido de tristeza.

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