Crítica: "Las tinieblas", gratísima excepción en el cine mexicano

por © Correcamara.com-NOTICINE.com
"Las tinieblas"
Por Samuel Lagunas    

La pantalla está en negro. Una voz en off comienza a contar desde el uno hasta el quince, ascendentemente. Es un juego, el único que queda por hacer. Argel está en una cabaña y se mueve en ella hasta descubrir a los tres personajes restantes: su familia. Así inicia "Las tinieblas", segundo largometraje de Daniel Castro Zimbrón. Con Argel, contando hasta el quince. El número puede no importar. O tal vez importa mucho. Lo que es seguro es que cuando llegas allí debes abrir los ojos y salir a buscar.

Todo transcurre en una cabaña anclada en medio de un bosque inhóspito lleno de neblina. Por las mañanas, el padre (Brontis Jodorowsky) y Marcos, el hijo mayor (Fernando Álvarez Rebeil), se colocan una máscara antigas y salen en busca de comida. Entretanto, Argel (Aliocha Sotnikoff) y la pequeña y enfermiza Luciana (Camila Robertson) se quedan en casa. Él cocina, ella colecciona mariposas muertas. Por las noches todos se sientan a la mesa y, luego, Argel lee un libro. Está prohibido escuchar música. También está prohibido entrar al cuarto de papá. Los hijos duermen en un sótano que queda cerrado bajo llave. Afuera, en la oscuridad, se rumora la presencia de un ser malvado. No se sabe cuántos años la familia lleva viviendo así. Pero un día, Marcos no regresa. La atmósfera se enrarece aún más, las relaciones se tensan. Es tiempo de salir.

En "Las tinieblas" las referencias se acumulan, aunque sería más certero afirmar que la cinta no niega en ningún momento su tradición de thriller distópico. Allí están "Stalker" de Tarkovsky y "La aldea" de Shyamalan, pero también Arturo Ripstein y Guillermo del Toro. Allí también se amontonan los traumas de una cultura: la orfandad, el temor al padre y el arraigo patológico a la casa —a la tierra—. El escenario postapocalíptico y la ambivalente relación padre-hijo nos lanzan de inmediato a "La carretera", inmejorable novela de Cormac McCarthy adaptada modestamente al cine por John Hillcoat (2010). En ella, los personajes se adentraban en un peregrinaje por suelo norteamericano sin rumbo fijo: era la negación de una parte medular del ser norteamericano (o su realización distópica): la expansión del territorio, la aventura de la exploración. Todo hecho ruinas. En "Las tinieblas" no es el camino sino el hogar, más aún: el seno familiar, el que se pervierte. El terror se va apoderando de todos, la desconfianza va reventando los lazos. Sólo queda el deseo de sobrevivir, de estar. Castro Zimbrón se vale del simbolismo de unas misteriosas marionetas (que nos hacen pensar en el cine de la animadora Sofía Carrillo) para adentrarnos en la atormentada psicología de los personajes, aunque no renuncia por completo a las escenas efectistas. Allí está el terror explícito de una niña temblando bañada en sangre y de un cuerpo destripado al pie de un árbol.

El bosque en "Las tinieblas" vuelve a retratarse como un escenario-limbo, una materialización de nuestras pesadillas. Argel quiere salir de casa y adentrarse entre la bruma. Ésa puede ser una metáfora del crecimiento, o de su imposibilidad. No hay cabida para el despertar sexual ni para la camaradería. Todo vínculo se rompe y ésa es la mayor catástrofe: la soledad —planetaria— en la que vivimos. Poco importa, entonces, si llegamos a los quince. Al final, la devastación es lo único seguro que tenemos. El resto es una pregunta en espera de ser contestada, la búsqueda de alguien que pueda soportar con nosotros el miedo, mientras juntos esperamos a que nuestros muertos despierten.  

No cabe duda que "Las tinieblas" es una gratísima excepción en el cine mexicano; no sólo por el hecho de que el cine distópico en México sea prácticamente nulo, sino por la habilidad de Castro Zimbrón para amalgamar géneros y tradiciones cinematográficas sin caer en un producto rebuscado e impenetrable. A pesar de ser un guion colectivo, la historia no se desequilibra en ningún momento; en cambio, mantiene la prudencia y la austeridad de principio a fin. Con esta cinta, Castro Zimbrón no acomete la realidad contemporánea desde coordenadas más luminosas o satíricas como la hacen varios de sus coetáneos. Su mirada, como la de la ya mencionada Sofía Carrillo, apuesta por la pesadilla y la aniquilación y, sobre todo, por la perturbación como única respuesta posible ante las sombras que nos envuelven. Listos o no, no tenemos otra opción más que aprender a habitarlas.

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