Crítica Venecia: "Frankenstein", la madurez de Guillermo del Toro y la humanidad del monstruo
- por © NOTICINE.com

Por Santiago Echeverría
La nueva versión de "Frankenstein" firmada por el mexicano Guillermo del Toro llega cargada de ambición, espectáculo visual y fidelidad a la novela de Mary Shelley, pero también con los desequilibrios propios de un proyecto que, desarrollado a lo largo de buena parte de su vida, alterna momentos de gran potencia con otros más mecánicos.
La película arranca con un torrente de imágenes góticas: laboratorios repletos de cadáveres, máquinas imposibles, castillos en penumbra y una composición de Alexandre Desplat que no deja un respiro. El resultado, en ese primer tramo, deslumbra por la acumulación de recursos técnicos, pero a menudo se siente más preocupado por construir atmósfera que por transmitir emoción. La cinta parece, como el propio monstruo, un conjunto de piezas que se mueven sin alma… hasta que la criatura abre los ojos.
La interpretación de Jacob Elordi es el verdadero corazón de la película. Su criatura, frágil y desconcertada pese a la fuerza brutal de su cuerpo, es la que aporta humanidad y conmueve, hasta el punto de desplazar a Victor como centro del relato. Frente a él, Oscar Isaac construye un "Frankenstein" arrogante, egocéntrico, obsesionado y algo rígido, cuya pasión científica y heridas de infancia no alcanzan siempre la complejidad necesaria para explicar su crueldad. La contraposición es clara: el supuesto "monstruo" encarna la ternura, mientras el creador encarna la monstruosidad.
Del Toro opta por una estructura que alterna voces: primero la narración de Victor y luego la del ser que ha creado. Ese cambio de perspectiva revitaliza el relato y permite contemplar la historia desde un ángulo emancipador, aunque no todos consideran que ambos bloques estén equilibrados en ritmo ni en fuerza dramática. Lo que sí parece unánime es que el director busca subrayar la idea de dependencia entre creador y criatura, un espejo deformado que habla tanto de la paternidad como del poder y la soledad.
El entorno visual y sonoro es impecable: decorados, vestuario y maquillaje transmiten un barroquismo que es marca registrada del cineasta. Sin embargo, esa riqueza formal convive con un guion que a veces resulta literal y que no siempre logra dar densidad emocional a los personajes secundarios, en particular a Elizabeth, interpretada por Mia Goth, cuyo papel queda más insinuado que desarrollado.
Este "Frankenstein" se levanta como un fascinante espectáculo gótico de gran envergadura, con momentos de ópera trágica y un trasfondo de reflexión moral sobre la arrogancia humana. Pero también como una película que vive en contraste: solemne y artificiosa en sus inicios, viva y conmovedora cuando se entrega a la mirada del monstruo. El resultado, irregular pero fascinante, confirma a Del Toro como un narrador maduro, obsesionado con los márgenes de lo humano y lo inhumano, con criaturas que, una vez más, terminan siendo más humanas que sus creadores.
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La nueva versión de "Frankenstein" firmada por el mexicano Guillermo del Toro llega cargada de ambición, espectáculo visual y fidelidad a la novela de Mary Shelley, pero también con los desequilibrios propios de un proyecto que, desarrollado a lo largo de buena parte de su vida, alterna momentos de gran potencia con otros más mecánicos.
La película arranca con un torrente de imágenes góticas: laboratorios repletos de cadáveres, máquinas imposibles, castillos en penumbra y una composición de Alexandre Desplat que no deja un respiro. El resultado, en ese primer tramo, deslumbra por la acumulación de recursos técnicos, pero a menudo se siente más preocupado por construir atmósfera que por transmitir emoción. La cinta parece, como el propio monstruo, un conjunto de piezas que se mueven sin alma… hasta que la criatura abre los ojos.
La interpretación de Jacob Elordi es el verdadero corazón de la película. Su criatura, frágil y desconcertada pese a la fuerza brutal de su cuerpo, es la que aporta humanidad y conmueve, hasta el punto de desplazar a Victor como centro del relato. Frente a él, Oscar Isaac construye un "Frankenstein" arrogante, egocéntrico, obsesionado y algo rígido, cuya pasión científica y heridas de infancia no alcanzan siempre la complejidad necesaria para explicar su crueldad. La contraposición es clara: el supuesto "monstruo" encarna la ternura, mientras el creador encarna la monstruosidad.
Del Toro opta por una estructura que alterna voces: primero la narración de Victor y luego la del ser que ha creado. Ese cambio de perspectiva revitaliza el relato y permite contemplar la historia desde un ángulo emancipador, aunque no todos consideran que ambos bloques estén equilibrados en ritmo ni en fuerza dramática. Lo que sí parece unánime es que el director busca subrayar la idea de dependencia entre creador y criatura, un espejo deformado que habla tanto de la paternidad como del poder y la soledad.
El entorno visual y sonoro es impecable: decorados, vestuario y maquillaje transmiten un barroquismo que es marca registrada del cineasta. Sin embargo, esa riqueza formal convive con un guion que a veces resulta literal y que no siempre logra dar densidad emocional a los personajes secundarios, en particular a Elizabeth, interpretada por Mia Goth, cuyo papel queda más insinuado que desarrollado.
Este "Frankenstein" se levanta como un fascinante espectáculo gótico de gran envergadura, con momentos de ópera trágica y un trasfondo de reflexión moral sobre la arrogancia humana. Pero también como una película que vive en contraste: solemne y artificiosa en sus inicios, viva y conmovedora cuando se entrega a la mirada del monstruo. El resultado, irregular pero fascinante, confirma a Del Toro como un narrador maduro, obsesionado con los márgenes de lo humano y lo inhumano, con criaturas que, una vez más, terminan siendo más humanas que sus creadores.
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