Crítica Netflix: "María, la caprichosa": el precio de limpiar casas ajenas

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"María, la caprichosa"
"María, la caprichosa"
Por Juan Pablo Russo      

Basada en hechos reales, la serie estrenada por "María, la caprichosa" recorre en 64 episodios la vida de María Roa Borja, referente de la lucha por los derechos de las trabajadoras domésticas en Colombia, y articula una lectura social donde trabajo, política y representación se vuelven inseparables.

La telenovela parte de una vida concreta —la de María Roa Borja— para narrar un proceso que excede lo individual y se proyecta como experiencia colectiva. Desde esa decisión inicial, la serie se corre del molde clásico de la telenovela biográfica y ensaya un relato de formación política, donde la historia personal no aparece como excepción sino como expresión de una estructura social persistente.

Ese punto de vista encuentra anclaje en la figura real que inspira la ficción. María Roa Borja fue una trabajadora doméstica afrocolombiana que transformó una trayectoria marcada por la precariedad en una plataforma de acción colectiva. Recién llegada a Medellín comenzó a organizar a otras trabajadoras del hogar frente a la informalidad y la ausencia de derechos, un recorrido que la serie retoma sin aislarlo de su contexto histórico.

Por eso, el itinerario vital de María —atravesado por la violencia, la maternidad temprana y el ingreso al trabajo doméstico— no se presenta como una suma de infortunios personales, sino como una condición compartida por miles de mujeres. En ese desplazamiento, el relato sugiere que lo singular no reside en el origen, sino en la posibilidad de convertir una experiencia común en organización y demanda política.



A partir de allí, uno de los gestos más claros de la serie es colocar el trabajo doméstico en el núcleo de la escena. No como telón de fondo narrativo, sino como espacio político donde se articulan relaciones de clase, jerarquías raciales y desigualdades naturalizadas durante décadas. El pasaje de María hacia la militancia no aparece como revelación repentina, sino como consecuencia directa de la observación cotidiana: salarios informales, abusos sistemáticos y la falta de reconocimiento legal.

La puesta en escena acompaña ese proceso con una lógica visual coherente. El relato se construye a partir de cuerpos en movimiento, trayectos urbanos y espacios domésticos que se repiten con variaciones a lo largo del tiempo. La reconstrucción de las décadas de 1980, 1990 y 2000 evita la nostalgia y se apoya en marcas materiales —vestuario, iluminación, música— que funcionan como indicadores históricos más que como ornamentación.

Ese recorrido se refuerza en el montaje, que alterna planos cerrados, asociados al aislamiento inicial de la protagonista, con encuadres progresivamente más abiertos a medida que el vínculo con otras trabajadoras se consolida. El cambio de escala no es solo narrativo: también es político. La serie sugiere que salir del encierro doméstico implica, antes que nada, volverse visible, una idea que se completa con la decisión de repartir el personaje en tres intérpretes —Marggy Selene Valdiris López, Paola González y Karent Hinestroza— y de construir, especialmente en la adultez, una figura que evita el tono épico para inscribirse en un proceso largo, colectivo y todavía en disputa.

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