Elena López Riera escribe sobre el estreno de "El agua"

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López Riera (izq.), rodando "El agua"
López Riera (izq.), rodando "El agua"
Por Elena López Riera *     

Desde hace años me persigue el recuerdo de la riada de 1987. Yo tenía 5 años y recuerdo muy bien el desastre que vivió toda la región de la Vega Baja del Segura. En mi pueblo, Orihuela, atravesado por el río Segura, el más contaminado de Europa, el miedo a las riadas es una constante histórica.

La región de la que vengo vive entre la necesidad del agua para mantener su principal fuente económica (la agricultura), y el miedo atávico a que el agua arrase con todo. Desde pequeña he asistido a esta relación compleja con el agua: un elemento esencial, pero que al mismo tiempo atemoriza a toda la comarca.

La mitología en torno a las crecidas constantes del río Segura me ha acompañado desde la infancia. Las voces de las mujeres que me criaron (mi madre, mis tías, mi abuela, mis vecinas) me han transmitido todas estas creencias, que dicen que el río se desborda porque se enamora de una mujer, y que como no puede obtenerla, arrasa con todo.

Esta mitología ha formado parte de mi educación sentimental, y se ha mezclado constantemente con las explicaciones científicas. Supongo que, de alguna manera, era más conveniente recurrir a la construcción de una mitología que asumir la parte de responsabilidad que los humanos tenemos en la aparición de estos fenómenos.

En el lugar donde crecí, el relato de la vida cotidiana se mezcla constantemente con la dimensión fantástica, y es ahí donde surge mi interés por hacer películas.

Casting

El casting fue un proceso largo porque queríamos contar mayoritariamente con gente de la zona no profesional. A la vez que difícil, fue muy enriquecedor para la escritura de un guion que se iba nutriendo de esos encuentros. Todos esos actores y actrices no profesionales los fuimos encontrando en un proceso de casting de calle, yendo a discotecas, botellones, fábricas, parques…cualquier sitio en el que pensáramos que podríamos encontrar a las personas que nos interesaban.

A la actriz protagonista, Luna Pamies, la encontramos una noche en las fiestas del pueblo, y desde el primer momento fue un flechazo y supe que esa era la persona que había estado imaginando en mi guion. Después, Luna desapareció durante un año, y seguimos viendo muchas chicas y chicos de la zona, pero parecía que su destino estaba escrito para que protagonizara la película, y volvimos a encontrarnos.

El resto de jóvenes lo fuimos encontrando con el mismo método de casting de calle, y luego, de una manera de trabajar poco ortodoxa, invertimos mucho tiempo para construir ese grupo que no se conocía de antes. Pasamos mucho tiempo juntos, bailando, riendo, comiendo… más que trabajar sobre los diálogos del guion, que sólo leyeron unas semanas antes del rodaje, la idea era constituir un grupo de gente aprendiendo a vivir en colectivo.

Mi deseo siempre fue el de constituir un elenco mixto con actores y actrices profesionales y no profesionales, porque creo que de este encuentro surge un diálogo muy interesante. En mi cabeza siempre estuvieron Bárbara Lennie y Nieve de Medina, dos actrices con mucha experiencia y con una variedad de registro impresionante. Para mí era importante marcar de alguna manera, la distancia de esta particular familia de mujeres, que vive de manera independiente, y que el resto del pueblo mira con suspicacia, porque son mujeres diferentes, porque son independientes, porque viven solas, porque son capaces de disfrutar, reír y amar a pesar de todo.

Tanto Bárbara como Nieve entendieron muy bien el perfil de estas mujeres que pese a todas las dificultades son capaces de inventar respuestas alternativas a la tragedia, que son capaces de cuidarse y protegerse entre ellas, que son capaces de ser duras y tiernas al mismo tiempo. A pesar de su larga trayectoria, ambas entendieron también que el diálogo con otros actores y actrices no profesionales era importante, estuvieron siempre a la escucha, abiertas y participativas.

Reescribir la historia

Una de mis obsesiones tanto en esta película como en mis trabajos anteriores es la transmisión entre generaciones. Me obsesiona todo lo que una generación se esfuerza por transmitir a la siguiente o, al contrario, por intentar no transmitir miedos que se arrastran. Por eso intentamos prestar mucha atención a los gestos cotidianos que repetimos de generación en generación: los gestos del trabajo, los gestos de los cuidados domésticos, los gestos de cariño entre grupos, las palabras.

Sin embargo, también me obsesiona mucho la capacidad de reacción que tenemos ante la herencia transmitida. Hay una pregunta que me repito constantemente, y que intento formular con esta película: ¿qué capacidad tiene una generación para cambiar la herencia recibida?, ¿qué hay de consciente y de inconsciente en la repetición de determinados gestos?, ¿se puede reescribir la historia?, ¿podemos emanciparnos de la herencia recibida?

Por eso el personaje de Ana es importante para mí, porque funciona como una bisagra que deberá debatirse entre el peso de la mitología que hereda, y la capacidad de enfrentarse a su herencia maldita, e incluso, reescribir la historia. La función de la leyenda que sustenta la película, y de toda la carga mitológica en torno al agua, para mí es crucial porque cristaliza la idiosincrasia de una región, y la manera de utilizar el cuerpo de las mujeres como objeto del miedo en la cultura popular. Por eso Ana intentará enfrentarse a esa leyenda, y tomar las riendas para poder reescribir su propia historia sin tener que recurrir a repetir una mitología aprendida y aceptada con resignación.

(*): Estrenada en Cannes, "El agua" es la opera prima de Elena López Riera, y se estrena este viernes en cines españoles.

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