El cuento de Obama Beach

por © P.L.-NOTICINE.co
Pepe Isbert, obamista 'avant la lettre'
Pepe Isbert, obamista 'avant la lettre'
Por Sergio Berrocal *

Érase una vez un pueblecito muy pueblecito de la Costa del Sol, en la trastienda del sur de España, donde un Ulises con demasiado amor renunció a abordar ahuyentado por la plebe de veraneantes. El pueblecito, encajado en una montaña, lucía campos de golf, grandes hoteles y mejores restaurantes, pero la peste económica que sacudía al mundo le dejaba sin clientes adinerados que permitieran pagar los sueldos de los cientos de empleados.

La vecina Marbella, otrora refugio de millonarios, había sido arrasada por un sunami de multimillonarias estafas de las que no se paraba de contar.

Una mañana de tedioso bochorno caído de la vecina África, el alcalde se echó a la calle del pueblecito sin historia: ¡Ya llegan los norteamericanos, nos van a salvar!,

El cronista oficial del reino, más dado a los aguardientes fuertes que a los discursos, quiso poner un poco de cordura en el ambiente: No sean locos, eso fue hace muchos años. Y los norteamericanos nunca llegaron a Andalucía.

Y contó entre jipíos de los restos del orujo: Hace ya muchos años, en 1953 que tamaña aventura de salvamento económico por parte de Estados Unidos

se produjo en otro lugar de España, pero fue puramente cinematográfico. El preciosista cineasta español Luis García Berlanga había contado en "Bienvenido Míster Marshall" la historia de un pueblo castellano donde una buena mañana cunde el rumor de que Estados Unidos va a sacar a la economía local de su ya mítica miseria.

Y los lugareños cantaban:

Os recibimos
Americanos con alegría,
Olé mi madre,
Olé mi suegra y
Olé mi tía.


Pero los sueños sueños son.

En este pueblo mío de Andalucía, el efecto Berlanga todavía surte ilusión. Tirios y troyanos esperan que una avalancha de turistas norteamericanos llene sus hoteles vacíos y sus restaurantes aburridos de tanta patata frita. Esto empezó a suceder hace poco en una playa andaluza por donde Ulises huía de su última amante, Calypso, exaltante y lujuriosa hasta el agotamiento del héroe.

La playa no tenía nombre. En realidad muy pocos la conocían. Una mañana de luna llena, cuando los koalas despiertan entre el eucalipto fresco, un avión oficial de Estados Unidos aterrizaba en el aeropuerto de Málaga, capital de esta Costa del Sol.

Tras unos segundos de suspense, se abrió la portezuela y apareció la primera dama de los Estados Unidos, Michelle Obama, y una de sus hijas. Ellas eran los norteamericanos que el pueblo jaleaba lleno de exaltación. Una caravana de diez y pico lujosos y negros automóviles salieron de estampida de la pista de aterrizaje hacia ese pueblecito costero donde el más lujoso de los hoteles había sido cerrado a cal y canto para que la esposa del Presidente y sus cuarenta o casi guardaespaldas (esto me recuerda un cuento protagonizado por Alí Babá) pudiesen descansar.

La primera dama exigió que la playa privada del hotel le fuese reservada exclusivamente durante su estancia.

Y si  Michelle se pone por fin  su bañador de color indefinible para sumergirse en un Mediterráneo pasado por el agua de la sospecha por sus fieles guardianes, la playita perdida en la memoria adquirirá personalidad.

La llamaremos Obama Beach, dijo el cronista oficial del reino porque en su nostalgia de todo lo norteamericana recordaba que el 6 de junio de 1944, cuando los aliados. desembarcaron en Francia para echar a los nefastos nazis alemanes, una de las playas elegidas fue bautizada Omaha Beach.

Y la gente, desde los instruidos políticos hasta la morralla del pueblo, volvió a cantar, pero esta vez con el corazón saliéndosele por entre los dientes:

Os recibimos
Americanos con alegría,
Olé mi madre,
Olé mi suegra y
Olé mi tía.

Cuando Ulises vio tanta gafa negra y trajes pardos en aquella playita donde él tantos buenos momentos había pasado con Calypso, decidió regresar con la esposa Penélope, que en un telegrama cifrado le había dicho que ya no aguantaba tejer más alfombras y que sus pretendientes querían comérsela.

En el aeropuerto de Málaga tomó el primer vuelo para Ítaca. Antes de que la azafata le sirviese el Bloody Mary que había pedido, por una de las ventanillas vio la silueta presidencial del aeroplano de Michelle, y entonces comprendió que no era la de los Beatles.

(*): Sergio Berrocal es periodista y crítico de cine. Su último libro: "Crónicas sin güisqui" (www. publibook.com).