Colaboración: La morriña de Cuba

por © NOTICINE.com
Despedida a Fidel
Por Sergio Berrocal     

Desde hace una semana, se tiene la impresión de que La Habana ya no está a solo ocho o nueve mil kilómetros de Europa. Es como si con la desaparición de Fidel Castro en la definitiva cremación –nada de embalsamamiento multitudinario, lo cual dice mucho y bien—hubiese desaparecido el interés, el motivo, que podíamos tener los europeos para embarcar hacia Cuba.

Hojeando las listas de personalidades asistentes a las exequias nacionales, se notan grandes ausencia. Líderes de Europa que tal vez sintieron y reconocieron siempre la gran influencia del finado han preferido delegar su presencia en el funeral.

Hasta se ha quedado en el Kremlin Vladimir Putin, que preside un país, ayer Unión soviética, hoy Rusia, que en otra forma y circunstancias, pero físicamente el mismo, fue el aliado patria o muerte de Cuba hasta llegar a la crisis de los misiles, con Nikita Kruschev y John F. Kennedy (octubre de 1962) como protagonistas de lo que pudo haberse convertido en una guerra nuclear de difícil pronóstico.

Es algo así como si unos y otros se hubiesen dicho que una vez muerto Fidel Castro ya no vale la pena hacer el viaje.

Impresión parecida sobre algún que otro líder del llamado otrora el Mundo Libre que no ha tomado el avión porque considera quizá que sin Fidel, Cuba ya no volverá a ser lo que fue, lo que representó, Porque fueron casi cincuenta años durante los cuales desembarcar en el aeropuerto José Martí era lo que más podía parecerse para alguien del mal llamado primer mundo a la búsqueda del Santo Grial político.

Se iba a Cuba para entender, tratar de comprender por lo menos cómo un hombre solo había podido tener en jaque a la nación más poderosa del mundo, situada a solo 140 kilómetros de sus costas.

Y procurar entender también, por supuesto cómo desde 1959, cuando la Revolución ya era un hecho, cómo aquellos barbudos revolucionarios que habían aparecido en el panorama internacional de la guerra fría como gente rara que quería jugar a la política mundial por libres podían aguantar cuando los misiles de los Estados Unidos hubiesen podido hacer desaparecer la isla en cuatro empujones.

Barak Obama, a punto de ceder el timón a Donald Trump, fue el primero en borrarse del viaje de difuntos y quizá pensando lo mismo, aunque algunos observadores consideran que se le había atragantado su primer viaje a Cuba para una supuesta reanudación de relaciones entre los dos países; pero el bloqueo resiste todavía, cincuenta años después.

Mientras nos quede la morriña de lo que fue, de lo que imaginamos que era, de lo que en realidad pudo ser, de lo que pudo ser y que al final nos decepcionó podremos seguir tirando del carro repleto de injusticias que lastran cualquier vida.

Pobres de aquellos y de aquellas que sigan el diktat de que todo tiempo presente es mejor.

La farfolla de una época que ni siquiera llora con los ojos húmedos y que esconde sus sentimientos y hasta el impulso más vital de sus vidas.

Murió Fidel Castro, que para bien o para mal, ha marcado la historia del siglo XX, dando esperanzas a los más desesperanzados pero algunos de los suyos dieron la impresión de querer quedarse a solas con él, casi ni permitiendo que alguien de fuera pudiese opinar, recordar o comentar.

Han impedido que otros lo despidan a su manera, a ocho mil kilómetros, o detrás de las olas que llevan a Miami y cerraron filas en un sólo para mí.

Lamentables plañideras que siguen aisladas en su alejamiento en sus propias islas de soledad.

Ni siquiera aceptan que las ilusiones sean de todos y que no tenga por qué haber guardianes del Arca perdida.

Aislaron la ilusión, la esperanza que fue con sus egoísmos infantiles, aunque nunca quisieron hacerlo. Egoismo pequeño burgués de personajes de Hororé de Balzac o de Victor Hugo.

Ahora se dan cuenta de que vivieron, respiraron y hasta hablaron mientras el mito les protegía de sus fantasías capitalistas. Ahora callarán para siempre porque desde hace medio siglo no han sabido ganarse una vida propia.

El periodista cubano Luis Sexto, muy apreciado en Cuba, escribía con mucho tino en la edición del 29 de Noviembre del diario "Juventud Rebelde".

"De pronto, salgo de mi concentración de periodista o de escritor que se aplica a escribir o a leer libros ajenos, y me pregunto, más bien siento: ¿Ya no está Fidel? ¿¡Cómo, cómo que ya no está Fidel?! Cierto. Ya no está Fidel. Y uno reconoce que la vida no será igual. Faltará, faltará, digo, la referencia, el espíritu, el vigía, el hombre y el nombre barbados, allí presente…

…Ah, pero Fidel… Qué haremos sin Fidel. Cómo viviremos sin saber que su nombre podía respondernos en cualquier momento, desde una foto en el periódico o en la televisión. O en algún texto con su firma invariable, que uno leerá, para percibirlo todavía soldado a sus compromisos con Cuba, a la servidumbre de su liderazgo apostólico nunca envejecido.

Ya no está Fidel… Será posible si desde hace 60 años uno creía que Fidel más que un hombre era un símil, un símbolo, extraño a la muerte…".


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