Colaboración: La estrella yanqui y la aspirante cubana

por © NOTICINE.com
Julia Roberts y George Clooney en Cannes (Ana Sanmartín)
Por Sergio Berrocal   

Es un cuento de Navidad cuando Europa se quita la ropa para sumergirse en las olas del verano probablemente caluroso. Las gacetas cuentan que una humilde modelo cubana ha emergido de la nada gracias a ese tan controvertido desfile organizado por Chanel en La Habana. En casi la otra punta del mundo, en Cannes, a ocho mil kilómetros, la actriz multimillonaria Julia Roberts, es que ya el talento no se puede medir de otra forma, ha aparecido sin zapatos y a lo loco en la alfombra roja del Festival de Cine de Cannes.

A la intérprete de “Pretty Woman” se le fue el santo al cielo y probablemente quiso imitar a aquella joven y bonita cantante británica (¡Dios salve a la Reina, camarada Petrov, tú que manejas el Potenkim!) de los años sesenta, Sandie Shaw, que aparecía en los escenarios sin esos zapatos que, según Nancy Sinatra años más tarde, son para caminar.

Y como Julia Roberts, con sus hermosos 48 años, sabía que, después de todo, desde el comienzo de las escaleras a lo más alto, no hay más que unos pasos, ella hizo que los guardianes vestidos de negro de la virginidad de la alfombra se horrorizaran mientras ella cometía su particular herejía.

Porque esa alfombra es un lugar casi sagrado en las ceremonias de presentación de películas en Cannes. La gente adinerada y embozada en trajes de modistos parisienses suele pasar por ella de puntilla con tacones de toda la vida y de todas las fortunas con yate anclado a dos metros del horrendo edificio que cobija el pase de películas.

Pero así es la vida. Y mientras la Woman Pretty hacía esas diabluras, aunque a lo peor es que le dolían los pies y estaba hasta el moño de tanto protocolo, la noticia, la auténtica, la que me ha enternecido, la daba un periódico digital cubano.

Y así lo contó la Cenicienta de esta aventura, que se llama Jessica, como podía haberse llamado Lupe o Johana, según diariodecuba.com.

 “A solo cinco minutos del primer ensayo del desfile de Chanel, la segunda directora de la marca le dijo a Jessica: "¿Quieres modelar?", contó la joven, que hasta ese momento había sido azafata para acoger a los invitados del Teatro Martí, donde las modelos de Chanel tenían sus camerinos para el desfile del Paseo del Prado.

"Eran las seis menos 20 de la tarde", recuerda con exactitud. "Tuvo que repetirme la pregunta. Me quedé en shock, no recuerdo el momento en que me vistieron", confiesa.

En cuestión de minutos, le eligieron un vestuario. Después, la prueba final: "Me pusieron delante de Karl (Lagerfeld)”…

Bonito cuento navideño bajo el calor tropical de La Habana, cuando el mundo embelesado no entendía un carajo lo que estaba pasando. Era precisamente cuando los cinco continentes, incluyendo los territorios franceses del Pacífico con sus vahinés y todo, observaban a través de la televisión aquel espectáculo un tanto surrealista (por favor Buñuel, que te toca salir de mano de Salvador Dalí…).

La historia de esta muchacha cubana, por inverosímil que pueda parecernos a quienes hemos tenido como primera misión periodística negarlo todo hasta tres veces antes de hacerlo noticia, es sencillamente para ponerle un piso en l’Ile Saint Louis de París, húmedo y elegante rincón de París.

Y es que uno, amables tres lectores que me leéis sin pestañear porque de otro modo el rimmel se mete en el globo ocular y ni la Marlene Dietrich conseguiría limpiarlo a tiempo, es un sentimental de siete suelas.

Uno confiesa, con el candor de los que fueron sus dieciocho años, quizá los mismos que tiene Jessica, que las modelos de alta o baja costura siempre, toujours, fueron una espinita que uno lleva clavadita en el corazón.

Porque hubo años sesenta atrás, cuando la Sandie nos encantaba con sus pies descalzos en los escenarios internacionales –quizá un 39 largo, pero bueno…-- en que uno se codeaba con la flor sin nata de las pasarelas de París.

El hombre, el admirador de la británica que nunca pudo comprarse unos zapatos, andaba tratando de abrirse paso en París y la comida, sin trabajo, era escasa. Entonces, el director de su medio de comunicación, húngaro de profesión y revolucionario antisoviético ocasional, se le ocurrió mandarlo sistemáticamente, que sí, que todas las noches, a los desfiles de lencería que en aquella época eran casi diarios en la capital francesa.

De este modo, el reporterillo podía reemplazar la cena por unos deliciosos canapés de todos los colores, con preferencia por el salmón ahumado. Y con un trago que otro de un champán de tres tenedores, el muchacho cenaba y rezaba.

Muchos años después, en La Habana, aunque no en el Paseo del Prado, le invitaron a un desfile de modas, probablemente uno de los primeros que se hacían en esa capital.

Cuando el hombre ha leído la historia de Jessica, cierta o no, ha quedado traspuesto. Y agradecido.

Por cierto, no puedo contarles si Julia Roberts acabó poniéndose sus zapatos o si volvió a perderlos al bajar las escaleras como una Cenicienta cualquiera. Y la verdad, gente, es que me importa un rábano chino del mediterráneo.

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